martes, 10 de julio de 2012

Verja, tristeza, deseo, carne, lealtad

Caminó lentamente a través del jardín hasta llegar a la verja que dividía su casa del bosque. Recordó las palabras que él siempre decía cuando se encontraban en ese lugar, justo antes de adentrarse al espeso bosque que ella tanto amaba y que él aborrecía. "No entiendo cómo te puede gustar lo desconocido, a mi me aterra saber que no tengo el control". Justamente por eso su relación se encontraba tan hueca y atascada en un desierto de compatibilidades inexistentes.
Ella siempre tan soñadora, tan libre, tan llena de imaginación. Él recatado, frío y con cierto desprecio a todo aquello que ella encontrara interesante.
Por esa y muchas otras razones evidentes, ella sabía que ya no podía seguir fingiendo un amor al que lo supera la pasión por las pequeñas cosas de la vida, como oler un libro viejo, caminar descalza sobre la tierra mojada o sentir la lluvia traviesa en su cara. Lo cual él encontraba ridículo y/o asqueroso.
Ahí fue cuando la tristeza la invadió. Con ese golpe certero que le dió la razón, al hacerla ver que era imposible continuar con un amor que la limitaba en todos los sentidos. Lo amaba, era cierto Sin embargo no entendía como lo había llegado a hacer. Recordaba que le atraía por su total falta de compatibilidad. Pero la evidente falta de deseo de ella hacía él había ido apagando una débil llama que apenas y parpadeaba por momentos.
Atravesó el enrejado y al saberse fuera de los límites de su casa se sintió feliz. Era como si una cortina invisible dividiera las manifestaciones de emociones que sólo conocía estando cerca de la naturaleza. Una liberación que llegaba acompañada por el olor a pino y tierra mojada.
Comenzó a llorar sabiendo que debería sentirse así siempre, sobre todo en su propia casa, pero las asfixiantes imposiciones sociales de una familia como la suya, ya habían llegado al límite de imponerle no sólo forma de vestir, pensar y hasta sentir, sino incluso "él".
Y no, ya no permitiría que ellos se interpusieran entre esa liberación que experimentaba afuera y ella, que parecía un pequeño conejo atrapado en una trampa para osos que no le hacía daño a su carne intacta pero de la cual no podía escapar ella sola.
Tuvo miedo de que nadie llegara, la carta decía que al punto de las 7 de la noche un encapuchado llegaría para acompañarla a atravesar el bosque y abandonar la ciudad en barco esa misma noche. "Tú no eres feliz, lo se, quiero ayudarte a salir de la farsa en la que vives. Confía en mi". Esas eran las últimas palabras de la carta más rara que había recibido en su vida. Le dio muchísimo miedo saber que la había encontrado en su buró. Pero supo que era la única forma de que ella la recibiera sin preguntas de sus alarmados padres.
Algo le dijo que debía confiar en las palabras que automáticamente relacionó con las de un hombre, tal vez porque decían que un encapuchado vendría por ella pero tal vez se trataba de una broma de mal gusto.
No lo sabía pero tenía la certeza de que era la única forma de empezar a cumplir su sueño de viajar por el mundo. Y confió.
Pero parada ahí esperando a un desconocido mucha de esa confianza empezó a torcerse en miedo y pánico.
Su mente empezó a divagar sobre la identidad del desconocido (o desconocida) y se imaginó desde un enano amistoso y bonachón, una viejita con conocimientos de bruja, un apuesto leñador y hasta un asesino en serie que le hacía burla por la cara de espanto que traía.
Escuchó unos ruidos detrás de unos arbustos y sintió como el estómago se le encogía del miedo, pensó en regresar a su casa corriendo lo más rápido que pudiera, en pedirle al asesino que no la matara y que a cambio de perdonarle la vida su padre le daría una gran recompensa. Ya estaba decidida a correr pero sus piernas no le respondieron. Se encontraba tan paralizada del miedo que ni si quiera pudo bajar la cabeza para comprobar que no podía mover ningún sólo músculo a causa de que los sonidos se hacían cada vez más y más fuertes. Era evidente que ya estaba muy cerca de ella.
Entonces apareció detrás de un árbol. Una silueta encapuchada y, no sabía si era por el miedo, pero le parecía enorme. Se movía lentamente hacia ella, con decisión y al mismo tiempo con mucha cautela.
Ella sentía los latidos del corazón en las sienes, ignoraba que su respiración era tan rápida que se volvió audible y lo único que experimentaba era una gran resequedad en la boca.
El desconocido se posó a unos escasos dos metros de ella y lentamente llevó sus manos a su cabeza para quitarse el gorro de la gabardina negra que le llegaba hasta los pies.
Al advertir sus intenciones de mostrar su identidad ella reaccionó cerrando los ojos. Era una revelación que le daba mucho miedo conocer. Pudo escuchar como rozaban los pliegues de la tela de la gabardina y supuso que ya estaría allí su misterioso cómplice dispuesto a ver sus ojos cuando se abrieran.
Se armó de valor y abrió los ojos de golpe. Casi se desmaya de la impresión.
Efectivamente se trataba de un hombre. Alto, castaño y con unos ojos grandes tremendamente familiares, su mirada era tranquila y había algo en ella que la invadió de una paz enorme. Ya no sentía miedo sino curiosidad. Deseaba saber en dónde había visto esos ojos discretos y profundos, como flores en una enredadera inmensa.
¡Eso era! El jardinero. No, el hijo del jardinero. Y en ese intente todo se le aclaró. Su ventana abierta al jardín habían facilitado la llegada de la carta a su habitación que se encontraba en la planta baja de la casa, todas esas peleas con sus padres frente a cualquier persona que haya estado en su casa, incluso las fugaces miradas que él le dedicaba mientras ayudaba a su padre a desojar las rosas.
Una mano derecha en forma de invitación la sorprendió. Ninguno de los dos había dicho ni una palabra pero ella sabía que se entendían perfectamente. Por eso caminó hasta tomar su mano con decisión y sin ningún tipo de miedo, y al tocaría la invadió un calor que nunca antes había sentido. Y él sonrió, al igual que ella. Pues ambos sabían que por primera vez se estaba siendo fiel a ella misma, experimentaba una lealtad que la llenaba de ganas de subirse en ese mismo instante al barco y partir hacía aventuras que tenían su nombre.
Soltó su mano, volvió sobre sus pasos, tomó la maleta que había olvidado por el miedo, y retornó al calor de sus dedos largos con una sonrisa que decía que sí a todo.
Y nunca más regresó.

La muerte está sentada en la fila de atrás.

Fecha original 26/05/2010 Repentinamente llega a tí el golpe final que asegura tus sospechas más obscuras. Te volteas y ves tras de tí un...