Muy posible,
de hecho diría que es obligatorio.
Es increíble que en el último lugar que me hubiera imaginado
me sintiera tan yo, tan plena, tan feliz.
Y no puedo creer que ahora lo extrañe,
después de tanto tiempo,
después de tantos momentos buenos que he tenido aquí.
Pero no es igual.
Allá es un sueño
y a la vez es algo tan simple.
Extraño la niebla, el cielo gris, el frío y la briza, las montañas verdes, las paredes largas y los libros ordenados.
Extraño la familiaridad que me daba
y al mismo tiempo no quiero recordar los malos momentos,
los tristes,
que fueron muchísimos y que al mismo tiempo son parte de la atmósfera.
Extraño amanecer ahí y sentir el frío helado que empiezas a percibir tan pronto despierta tu cuerpo.
Extraño las caminatas largas y la incertidumbre de la hora de la comida.
Extraño las pláticas y las películas tan diferentes a las de aquí.
Extraño la música y la percepción de la vida.
Quisiera mañana amanecer en un colchón en el piso y vestirme rápido para salir a ver las montañas desde las escaleras.
Y escuchar el ruido de los animales y del pueblo que poco a poco despierta como un animal salvaje en su hábitat natural.
Me gusta imaginar que estoy ahí.
Que doblo la calle y que veo al cielo desde mi chamarra calientita.
Me gusta pensar que regresaré algún día y que nadie me va a reconocer.
Me gusta imaginar que voy al bosque, al río y que me fundo con la naturaleza.
Quiero regresar sin que nadie sepa.
Sin que nadie me vea.
Y volver a vivir algunas cosas con sólo pasar por las calles o con ver desde afuera las casas o lugares con quien estuve.
Recordar e imaginar las personas con las que estuve y reír al pensar que ellos no saben que yo me acuerdo de todo.
Es un lugar mágico y me gusta. Y me gusta más quien soy ahí.