Eres la brisa que se escapa suavemente con el rumor del viento, desde mi fuente, en un medio día de otoño. Te quedas plasmado en el piso, que en realidad es mi corazón, y sólo te logras borrar por momentos después de muchas horas de sol, aunque siempre regresan más gotas de ti. A pesar de que parecen manchas sin forma sobre el pavimento, en realidad son recuerdos que refuerzas sobre mi gastado corazón.
El arcoiris que creas cuando el sol atraviesa tus estado líquido me hace recordar la sensación que me provocabas tiempo atrás, era como sentir un arcoiris recorriéndome todo el cuerpo e invadiendo cada pensamiento de un color diferente.
El ocaso llega con su rutinal sopor y una paloma blanca que atraviesa el cielo hacia un árbol protector me recuerda las distancias que viajé sólo para estar protegida entre tus brazos.
No sé cómo lo haces pero regresas a mí con cada rayo de sol y eso comienza a fatigarme. Es como si te viera en un espejo infinito, en lugar de que estuviera el cielo: subo la mirada y me encuentro debajo de todos aquellos momentos que pasamos juntos, una película proyectada en la curva pantalla azul. Y me pregunto si era heroína o villana.
Todo es cuestión de apreciación.
Hace poco eras tú el héroe, pero la vida dio tantas vueltas hasta que te devolvió el papel de villano. O tal vez siempre lo fuiste y no me daba cuenta hasta que te sorprendí en una desnudez de alma total, y me deslumbró tu maldad.